Hector Hugo Donvito

Estudió cinco años en el taller “De gritos y Silencios”, coordinado por María Amelia Díaz. Obtuvo premios en varios concursos literarios. Publicó cuentos y pensamientos en varias revistas de auto-edición. Tres libros publicados en Tahiel ediciones.

 

LA CASA ESTÁ EN ORDEN

En un ambiente de odios cruzados por donde Hugo Donvito con hábil maestría sitúa a su personaje narrador, el pintor, un hombre de barrio a quien el destino lanza desorientado a una búsqueda sin descanso, errando en medio de una comunidad convulsionada que todavía no ha podido reponerse de la tragedia por la cual atravesó y, menos aún, suturar con hilos negros las heridas que aún permanecen abiertas. Y no será gratuita la condición de “sordo” que adquiere el protagonista principal, la sordera es aquí también un negarse a escuchar la propia voz interior, miedo y confusión, miedo a perder el equilibrio y el control de sí mismo. Un párrafo aparte merecen las bellas imágenes de La casa está en orden con las que el autor, en su novela prima, nos va describiendo plenos de forma y colorido lugares, que a medida que la narración avanza, conforman un círculo, un viaje iniciático por el cual el protagonista regresa a su punto de origen, la casa, la casa que debe ponerse en orden, aquí símbolo y espejo de toda una sociedad.

Novela de acción que nos arrastra, nos lleva más allá de lo anecdótico, manteniendo la tensión en todo su recorrido, la obra concluye con un cierre de telón impecable e inesperado obrado por un cambio de narrador, uno de esos finales que siempre nos alcanzan en la mitad del alma.

 

                                                      María Amelia Díaz

 

70 CUENTOS Y NINGUNA FLOR

Si algo destaca a los cuentos de Hugo Donvito es la sorpresa, siempre bienvenida en mi condición de lectora.

Con historias pequeñas, sutiles en algunos casos, logra interés y asombro, nos lleva a la reflexión o. con ironía, nos arranca una sonrisa.

Es especialmente en las historias breves, en las cuales puede hablarse de economía de palabras, donde logra sus mayores aciertos. Logra darnos ese espacio para que quien lee pueda recrear el texto. Apropiárselo según su propia imaginación. Allí nada se impone; muestra, sugiere y asombra por el rumbo que toma la narración.

Brevedad, sorpresa, libertad para imaginar. No es poco ser capaz de contar un cuento aunando esas condiciones. Puedo asegurar que no hay ninguna flor; pero poco importa en este caso, el color lo dan las palabras.

                                                                                                              Lidia Monblue

 

LO QUE EL TIEMPO SE LLEVÓ


“Burlándose del tiempo que transcurre, que arrastra consigo parte de lo existente, y la nada, que aguarda con hambre voraz, nuestro escritor crea, y con ello, les da batalla. Sus invenciones se independizan, discuten entre ellas e interpelan frecuentemente a su progenitor, quien se venga sumergiéndolos en nuevas tramas con ayuda del “narrador” (otro personaje ficticio que oficia de asistente aunque se presenta poco dócil y con tendencias anárquicas). En este libro nuestro autor pone en crisis todos los estándares de normalidad haciendo converger a la tía Elena, al hombre invisible, a una sombra que se empecina en proyectarse por las escaleras, a un tal Peter, a la reina de Inglaterra y a un pintor, entre otros, en un mismo espacio. Mientras, el narrador decide contar alguna que otra peli de cowboy para pasar el tiempo y Dios conversa con Superman que lo hace enmudecer ante la posibilidad de ser de su misma estirpe. Así, la novela nos invita, a bucear por la mente del escritor donde nos toparemos con los pormenores mismos de la vida, planteados de una forma increíblemente humorística; las imágenes dulcemente nostálgicas de un pasado que se fue, pero que regresa intermitentemente y las críticas sobre las grietas del sistema que la humanidad ha naturalizado. De este modo, somos invitados a reír, a recrear el pasado y a cuestionar la condición humana junto con el autor, y en este quehacer mismo que no es más que la vida misma manifestándose, a patear los límites de la finitud.”

 

                                                                                                        Florencia Jaller